Tribuna 12 - Jimmy Oyuela
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Apretando nalga Colombia gana el grupo, pero no impresiona a nadie. Jairo Alberto Castrillon

Apretando nalga Colombia gana el grupo, pero no impresiona a nadie. 

 

Antes del primer partido éramos los favoritos absolutos para clasificar y los más temidos del grupo para enfrentar. Íbamos a cabalgar fácil, sin problemas, como “Pedro por su casa”, hasta que Japón nos devolvió a la realidad y reveló lo que somos: triunfalistas y folclóricos. 

Después del dos a uno contra los nipones hubo malestar, tristeza y hasta amenazas, de esas que no faltan cuando dos colombianos discuten y solucionan sus problemas con bravuconadas, trompadas o insultos, porque así como somos de resistentes para apretar nalga cuando la selección juega, así somo de groseros cuando las cosas no se nos dan. Es cuestión de cultura, entiéndanlo, equivocada y dañina, pero así somos, repito. 

Lo mejor de todo, es que por primera vez, antes de enfrentar a Polonia, el país y su gente se vio unido, aferrados a la fe y la confianza de que cualquier adversidad se puede superar con esfuerzo y sacrificio, luchando por un ideal, peleando con gallardía. Esos ingredientes que deben primar en todos los renglones de la convivencia. 

Hasta el minuto 59, contra Senegal, el otro de los dos favoritos estaba eliminado, enredado y confundido en sus limitaciones, sin poder romper la agresiva marca de los africanos y con escasos tintes de mejoría. Solo la victoria lo podía salvar o acaso que los polacos, esos mismo que despachamos el domingo y que eran tan favoritos como nosotros, nos dieran una mano. De pronto, en las tribunas estalló la algarabía porque un chico de 22 años, un defensor espigado, que nunca había marcado con su selección, rompió el cero en Volgogrado y eliminaba a los nipones transitoriamente, dándonos paso como segundos. Apretamos más las nalgas, cruzamos los dedos, nos persignamos y quien sabe cuántas cosas hicimos para que esto no cambiara. Pese a tener que depender de otro resultado, por lo menos a partir de ese momento Colombia resucitaba y se mantenía en la competencia. 

Siguieron quince minutos más de angustia, sumidos en el calor del desespero, con los ojos puestos en la cancha y el corazón acelerado, hasta que la explosión se produjo. Rayaba el minuto 74 cuando Yerri Mina, el espigado central de Barcelona, ese que está sentado esperando pista en el cuadro catalán, se levantó del piso a conectar un balón servido por el talentoso Juan Fernando Quintero desde el sector derecho, explotando el grito de gol en el corazón del pueblo cafetero. Metió un cabezazo certero y al piso que no pudo contener Khadim Ndiaye. De ahí en adelante nadie se sentó. Hubo cánticos, aplausos y muchos abrazos. Pese al esfuerzo final, los senegaleses no pudieron igualar la pizarra y terminaron tendidos en la grama, llorando su tragedia, mientras que Japón, ese mismo que nos devolvió a la tierra con dos goles cargados de humildad y sacrificio, de respeto por el rival, se abrazaba y clasificaba como el primer equipo en hacerlo en un Mundial por el juego limpio. 

Al final Colombia terminó primero, pero muy alejado de lo pensado por todos. Llegamos a la cima arañando la agonía, asfixiados por el esfuerzo, pero sin dejar de luchar un solo minuto que fue lo más valioso. No estamos jugando bien, para que nadie se equivoque o lo pregone a los cuatro vientos; nos faltan recursos cuando nos cierran las marcas, tenemos la pelota, triangulamos con ella, pero adolecemos de variantes para penetrar y romper las zagas contrarias. James está tocado, algo serio parece. El soleo de la pierna izquierda, un músculo vital para saltar y poder sostenernos en pie, lo está mortificando. Falcao no brilla, ya marcó su gol, pero sino da más en la próxima salida, por más capitán que sea, que le de paso a Borja. Tal vez un desconocido relaje un poco a la defensa rival y eso nos de los espacios que nos cierran o no podemos generar. 

Ahora viene Inglaterra que jugó con sus suplentes frente a Bélgica, en una fase donde no se admiten errores. A ellos le duele la pelota a ras de piso, pero son veloces y complicados por arriba, donde tampoco somos unos maestros. Ellos tienen lo suyo y nosotros lo nuestro, pero más allá de seguir con vida y de no perder las ilusiones, lo importante es aprender la lección y de una vez disfrutar el fútbol como un deporte que apasiona y llena de alegría, pero que no puede ser detonante de más insultos y agresiones entre nosotros si las cosas no son como esperábamos. “Del dicho al hecho hay mucho trecho” como decía mi adorable Clorinda, que en paz descanse, y ahora no somo tan favoritos como antes de iniciar el Mundial. Solamente somos uno de los 16 sobrevivientes y eso hay que disfrutarlo con alegría, ilusión y altura en una prueba donde, por lo visto, cualquier cosa puede suceder. 

Jairo Alberto Castrillón / Junio 28/2018



Fecha: 30 de Junio de 2018
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