Tribuna 12 - Jimmy Oyuela
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Vuelta a España: Richard Carapaz recupera el liderato en Angliru y toma 10 segundos sobre Primo Roglic

En el Angliru, donde el ciclista se cae de espaldas al salir de las herraduras y chocar contra la pared vertical interminable, no hay diálogo ni acción ni reacción, sino monólogo interior que cada uno sobrelleva y sufre, y lucha para no caer en la depresión profunda. No hay posibilidad de ataque sino capacidad de resistencia. Atacar es aguantar un segundo más a un metro por hora más, y ahí va ese inglés excéntrico, como son excéntricos todos los ingleses con personalidad, que de joven prefirió Pamplona a Manchester, cocinar buenos guisos antes que comer pasta y el Caja Rural, equipo navarro, tan de casa, antes que el Sky, tan del mundo, y a los 26 años sobre el Angliru ni sufre ni pedalea, o eso parece, sino que flota y acelera, y el rictus de su cara joven es casi el de la alegría. O es que la victoria engaña, quizás, su victoria con los brazos en alto en la cima del monte que todos temen y todos aman.  

 

El ciclismo sigue siendo un deporte de combate, una pelea de boxeo, pero en el Angliru es de boxeo interior, de la voluntad de uno dándole puñetazos al sentido común que le dice que pare de hacer el gamba y respire.  

 

Quedan 3.500 metros, 700 segundos más o menos, para el final de un puerto de más de 12 kilómetros más conocido como el infierno en el que, solitarios los ciclistas, sin aficionados chillones, jaraneros y animosos, sus pensamientos más íntimos hasta se podían oír en el silencio del valle, y donde el compás de su corazón acelerado multiplica el de la velocidad de la rueda trasera del rival, en la que intentaban fijar la mirada, y medían con los ojos los centímetros que les separaba. De esa ensoñación casi hipnótica que atrapa a los mejores, y que regula, por orden de Roglic de rojo un novato danés, de 23 años, llamado Vingegaard, quien en dos días ya se ha hecho merecedor de formar parte junto a Kuss, Bennett y Gesink del Jumbo gran reserva de Roglic, el primero que escapa, poquito a poquito, es Enric Mas, la esperanza española, que cuando se pone de pie sobre los pedales parece Contador, o así le gustaría a los aficionados que siguen pacientemente sus progresos, y aunque su cara se desencaja mantiene la ligereza de pedalada, casi el molinillo con un piñón de 32 dientes sobre el que intenta bailar en la Cueña les Cabres, la recta más temida. Abre con esfuerzo titánico y a cámara lenta un pequeño hueco, unos metros, que parece imposible de colmar. Mas no acelera, solo intenta mantener el ritmo, no puede más, nadie puede mucho más. Tampoco Carthy, que, esfuerzo sobrehumano, le alcanza 1.000 metros más allá, ni Carapaz, que, subiendo a su ritmo, sin forzar, se despega centímetro a centímetro del Kuss que tira de Roglic a su ritmo, a su ritmo, y es una progresión de caracol la que le hace aumentar la brecha, uno, dos, tres metros, uno, dos, 10 segundos, que es lo máximo que puede lograr el ecuatoriano sobre el Roglic metronómico e impenetrable después de esprintar en los últimos metros para alcanzar a Mas y, después, dejarse caer sobre la bici, y, sin gafas, tan limpio, su rostro es el de un anciano, porque los ojos son los ojos del cansancio más profundo, de la falta de esperanza casi. Pero sus palabras contradicen a su rostro. Y, a su lado, subiendo y bajando, incapaz de encontrar un ritmo porque su alma es la encarnación de la agonía, y agonía significa lucha, no confort, Dan Martin, que nunca gana, que nunca se rinde. “Pero estoy contento”, dice Carapaz de rojo de nuevo por 10s. “Ha sido una selección natural. Cada uno ha subido a su ritmo y he conseguido una ventaja que me posibilita volver a ser líder”.  

Mas está allí, peleando con los mejores y a solo 16s de Carthy porque su equipo, el Movistar, ha acelerado la etapa, la marcha que quería cansina el Jumbo, y Roglic ya había dicho que esperaba ataques terribles de Carapaz, en los puertos de aproximación, Mozqueta y peligroso Cordal, por los valles mineros de Asturias, Nalón, Caudal, Mieres, palmeras ante las casas de indianos, y otoño de aire cálido y luz densa, donde Guillaume Martin, grimpeur petit format (escalador de bolsillo), recolecta puntos para su reinado de la montaña y donde Froome continúa rellenando las casillas vacías de su carrera, supliendo al caído Amador para tirar de su jefe Carapaz en el Cordal, antes del comienzo de los diálogos interiores.  

En su primer Angliru, en 2011, Froome sufrió la ley del imposible Cobo, descalificado por dopaje años más tarde; en su penúltimo, ya ganador de la Vuelta, Froome quiso formar parte del coro de honor que rodeó a Contador en su última cabalgada, su última victoria. En 2020, es un nuevo Froome, un Froome redivivo, gritan algunos, otro inglés de 1,93m y en los huesos, quien marca con su huella la Vuelta, se postula para ganarla  

Después del clímax casi catártico para sus protagonistas y sus meditaciones del Angliru, la carrera debería decidirse, y a favor de Roglic, entre la contrarreloj del martes (32 kilómetros llano y 1.700 metros de ascensión al Mirador de Ézaro, una reinterpretación sui géneris de la crono de la Planche des Belles Filles fatal para el esloveno en el Tour) y la Covatilla del sábado 7. Los cuatro primeros, Carapaz, Roglic, Carthy y Martin, están apiñados en 35s. Un minuto y 15s más allá está Mas, que seguirá dándole. “Pido perdón al aficionado español, a los fans del Movistar Team y al equipo por no haber ganado”, se sinceró el ciclista balear. “El equipo ha estado excepcional y yo no he podido tener ese punch final para poder ganar”.  

Carlos Arribas/ Elpais.com

PH: Da

vid Ramos/Getty Images


Fecha: 02 de Noviembre de 2020
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