Tribuna 12 - Jimmy Oyuela
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Roland Garros : Rafael Nadal y Novak Djokovic la final esperada

Aunque a Diego Schwartzman le cueste darse por vencido, ejemplar el argentino siempre en la resistencia, rebatiendo con juego, orgullo y buenísimos argumentos hasta el desenlace, Rafael Nadal le cierra el paso (6-3, 6-3 y 7-6(0), en 3h 09m) y engarza otra victoria, que no es una cualquiera: es la 99ª en París, al borde ya de esa cifra tan redonda y tan inverosímil, la que le deposita felizmente en la final del domingo y por lo tanto a un solo paso de los 20 grandes de Roger Federer. Porque sí, más allá de la lluvia, el frío, el otoño y todos los avatares de esta edición rara, rara, rara de Roland Garros, hay en juego una recompensa sin parangón y Nadal la tiene bien cerca, Novak Djokovic mediante. El serbio resitió a Stefanos Tsitsipas: 6-3, 6-2, 5-7, 4-6 y 6-1, tras 3h 45m.

Venía Nadal con la lección más que aprendida desde Roma. A Schwartzman, un tenista que disfruta conforme aumenta el ritmo y las transiciones se aceleran, conviene cortarle las alas cuanto antes. El argentino intentó imponer rápido su juego profundo para que el balear no ganase pista, pero esta vez el mallorquín no vaciló. Dio un paso al frente a la que pudo y fue adueñándose de la zona franca, pisando la línea de fondo para percutir y rompiendo la cadencia del rival a base de bolas altas y ralentizadas, de parábola en parábola, con el escaso efecto que permite la anquilosada pelota de Wilson de este año.  

Por ahí pasaba la victoria: sacar a Schwartzman de su espacio de confort e impedirle que pegase a media altura. Y el primer juego fue toda una declaración de intenciones por parte de ambos. Se prolongó durante 14 minutos y el bonaerense, valiente donde los haya, reclamó las riendas pero se encontró con la réplica inmediata de Nadal: esto no es el Foro Itálico, no es de noche como en aquel sábado romano de hace un mes, y en París se asoma un agradable sol de otoño al arrancar la tarde. ‘Aquí mando yo’. Poco importa que L'Èquipe llame a la arenga: “Une statue à dèboulonner”, una estatua a derribar en su portada. El mallorquín le privó de las dos primeras opciones de break y contragolpeó con todo para evitar que el debate entrase en la dinámica menos adecuada.  

Rotura y a la carga. Nadal y su recetario. Ocurre que Schwartman no es de los que dé un paso atrás e insistió con la propuesta. Es el argentino de los que si caen, lo hace con el traje de siempre, siendo él mismo. Con todo. Pero esta vez la factura fue tremenda en el primer parcial. Replicó y obtuvo un rédito momentáneo, devolviendo el break, pero a continuación sufrió la descarga eléctrica del español, fino e inspirado como en ningún otro día previo. Sabe Nadal golpear cuándo y dónde más debe, y encontró el hígado del Peque con un tenis preciso y contundente. Si ya había dado un salto significativo con la ráfaga final ante Yannik Sinner en cuartos, frente a Schwartzman se multiplicó.  

Todo era un poco más reconocible. La luz natural, la hora, el ambiente —prácticamente el millar permitido en la grada, nada del erial nocturno de la ronda previa…—, y el box del mallorquín, nutrido con la incorporación de su mujer; también su revés cruzado, imprescindible para abrir la pista y que hasta ahora tan solo se había atrevido a enseñar con cuentagotas, inmejorable indicio de confianza; nada tuvo que ver el servicio con el de la velada de Roma, entonado desde el principio, y la derecha encontró un desfiladero en paralelo para poner la rúbrica al punto en varias ocasiones. Roland Garros fue un poco más Roland Garros y Nadal, por tanto, fue ya más Nadal, aquel de la primavera francesa.  

ALEJANDRO CIRIZA / El Pais

PH: Marca




Fecha: 10 de Octubre de 2020
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