Tribuna 12 - Jimmy Oyuela
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Ciclismo: Julian Alaphilippe dijo antes del mundial donde iba a atacar lo cumplió y les ganó.

Julian Alaphilippe pedalea solo sobre la cresta de yeso y todo el mundo que lo ve desea ser él, estar donde él, sentirse como él, su emoción. Y no pedalea, cabalga, más bien, como un jinete del pony express, y el mundo a sus pies, abajo se extiende, y se come el viento y el helicóptero se acerca, casi en trance su cámara, y cuenta su ataque, su libertad, su pasión hermosa, solo contra todos, con un trávelin, que no es un movimiento sino una declaración de principios, como los de John Ford en Monument Valley.    

La belleza del momento hace creer, en medio de la depresión, que la vida a veces se compadece y da un respiro, y la alegría de Alaphilippe, 28 años, el Valverde de ahora, y lleva a cabo la tarea que al murciano, octavo pese a todo, se le hace imposible, cuando trepa arriba del todo en el podio más importante de su vida, apenas 20 minutos más tarde.  

Y al lado de todo ello hasta parece menor el saludo-codazo-covid, que recibe del presidente del COI, Thomas Bach, el más importante en la línea del protocolo. “No me puedo sentir mejor”, refleja más tarde el francés que 23 años después de Brochard en San Sebastián lleva a su país el arcoíris. “Esta siempre ha sido la única carrera de mis sueños. Es la cima de mi carrera. Lo he deseado tanto que vivo ahora una sensación muy especial”.  

Y su carrera no es cosa menor, claro. Tiene un monumento (San Remo), una Flecha, una San Sebastián, etapas de Tour y Vuelta, y un maillot amarillo durante dos semanas que le convirtió en el niño favorito de los franceses en julio del 19. Rozó el triunfo en el Mundial del 17, el de Bergen, con un ataque que no se vio porque fallaron las cámaras; se desmoralizó ante Valverde en el del 18; se congeló en la lluvia de Yorkshire hace un año.  

Al francés le persiguen de cerca, 10s, 15s, no más nunca, los que descubrieron el Tour hace nada y se lo comieron a bocados, el niño prodigio Marc Hirschi, que ataca cuanto puede y duro y con su manillar estrechito parece un rider culebreando entre coches en Madrid; el fenomenal Wout van Aert, al que todos temen, y también veteranos especialistas de Mundiales duros, de clásicas de gran fatiga, Kwiatkowski, el polaco que lloró en el Tour cuando Carapaz le regaló una etapa, y Fuglsang; y también va tras él Roglic, que no olvida su pena, aunque en Imola, donde solo empieza a llover cuando desaparecen los atrezos que han convertido un circuito de fórmula 1 en un escenario de gran ciclismo, su amigo y destronador Pogacar, generoso como nadie, le trabaja y le prepara el terreno con un ataque de locura en la Vuelta anterior, cuando faltaban 40 kilómetros para el final y el Mundial entraba ya en su sexta hora, aquella que separa a los buenos de los mejores. Y Pogacar ataca alegre y decidido, y consigue hasta medio minuto de ventaja, y durante 20 kilómetros hasta se puede soñar que 41 años después de LeMond uno gane el Mundial el mismo año que ganó el Tour, lo que antes hacían los muy grandes, Roche, Hinault, Merckx o Louison Bobet. Pero en la novena subida a Mazzolano se mueve Dumoulin, se acaba Pogacar. Comienzan los fuegos artificiales. Y después salta Alaphilippe como un tapón de champagne, como salta cuando se siente grande, como saltó en Niza para ganar la segunda etapa del pasado Tour, lo que le valió para cumplir objetivos y dedicarse el resto de la grande boucle a pensar en su Mundial, al fin.  

No llevan una cinta amarilla sino cascos y gafas que tapan su deseo y su desesperación, no son el Séptimo de Caballería, ni suenan cornetas de rescate, aunque lo parezcan, desatados y desunidos. Cada uno es su ombligo.  

No alcanzan su objetivo porque va Van Aert, y los demás saben que aunque alcanzaran al francés que vuela sobre los valles y los viñedos la victoria sería para el belga, que termina segundo, tan rápido, y que tan desgraciado se siente ya a los 26 años, y solo dos en la elite de la carretera, que hasta considera una maldición irse de su primer Mundial con dos platas, la de contrarreloj y la de línea, él que solo piensa en ganar. “Y aún es demasiado pronto para poder sentirme orgulloso” de haber logrado dos platas" , dice con un aire de enfadado que no le ha abandonado aún una hora después de terminar la carrera. “Vine con otras expectativas”.  

No lo alcanzan porque Alaphilippe solo mira hacia adelante y está haciendo sencillamente lo que dijo que iba a hacer, atacar en la última subida a la Gallisterna, el repecho más duro, una Redoute en el corazón de Italia, que corona a 11 kilómetros de la meta, y después de ocho de toboganes y carreteras estrechas, entra en el circuito de Imola y durante tres más, pasada la discoteca tan alentadora La vie en rose, va recorriendo todas sus curvas, la variante alta, la curva cuadrada de Aguas Minerales a la izquierda, Piratella y Tosa, tan cerrada, a la derecha, y en el último kilómetro la recta de Tamburello y la curva en ese, la ese de Senna, antes de desembocar a la derecha en la recta, y no puede haber entrada más triunfal.  

El ataque de Alaphilippe lo ha preparado Guillaume Martin acelerando al pie de la Gallisterna, en la curva de herradura, y desorganiza a los belgas, la selección que más tiempo ha llevado el peso de la carrera, y que, como afirma Van Aert, ha estado todo el tiempo a la defensiva. “Por eso no colaboré unos kilómetros antes, en el anterior repecho, cuando atacaron Landa, Nibali y Urán y me fui con ellos”, dice. “No había franceses, Sabía que esto se jugaría en la última subida”.  

Fue el gran movimiento de Nibali y el de España, que el resto del Mundial lo corrió inteligente a rueda, testigo de la lucha generacional por la jerarquía del ciclismo mundial, sin pesar nunca en el desarrollo de la prueba.  


Juan Arribas -El Pais.com

Photo: eitb.eus




Fecha: 29 de Septiembre de 2020
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